Introducción al lenguaje jurídico de Don Quijote y de Sancho Panza

Derecho penal y criminología como fundamento de la política criminal (2006)

Francisco Bueno Arús - Profesor Emérito de la Universidad Pontificia de Comillas Abogado del Estado jubilado
Section: Estudios de Derecho y Derecho Penal
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Introducción al lenguaje jurídico de Don Quijote y de Sancho Panza

1. Envío

Dedico estas modestas páginas a mi compañero, colega y amigo, hasta la fraternidad, «con quien tanto he querido», Alfonso Serrano Gómez, en homenaje a su septuagésimo aniversario, con admiración por su tenacidad y constancia en la construcción del Derecho penal y de la Criminología; con agradecimiento, por sus virtudes humanas, singularmente su ejemplar espíritu de ayuda, que en tantas ocasiones me ha hecho objeto de sus atenciones, y siempre con oportunidad y como si no fuera con él; con alegría, porque desde el día en que ingresamos juntos en el Cuerpo de Profesores Titulares de Universidad puede contemplar con satisfacción el camino recorrido en nuestra lucha por la supervivencia y en nuestra entrega a los objetivos universitarios; con envidia, porque en ninguno de los capítulos de su peripecia intelectual y humana se ha presentado y se presenta con las manos vacías, y con el íntimo deseo de que la jubilación, sin retruécanos fáciles, nos sea a ambos ocasión de seguir evocando y «hablando de muchas cosas», porque la verdadera amistad es un lujo y el movimiento se demuestra andando.

2. A modo de presentación

Con ocasión del III y del IV Centenarios de la publicación de la primera parte de El Ingenioso Hidalgo Don Quixote de la Mancha en 1605, cervantistas de oficio y por afición, historiadores, hispanistas, literatos, licenciados y doctores en Derecho y Medicina, poetas, pintores, y tantos otros profesionales liberales o no tanto han aprovechado estas ocasiones para pensar, imaginar e inventar todo lo pensable y lo impensable, lo imaginable, loco y disparatable, a propósito del pensamiento y del subconsciente cervantinos, de sus escritos, discursos, sueños y alucinaciones, y de su influencia, desde la primera hasta la última letra, sobre las Artes y la Literatura, sobre la Historia de España y sobre la conciencia y el superego de los españoles, en cuyas agotadas estructuras todavía quedaría tanto por decir a propósito de su héroe, y tanto por repetir, y tanto por reinterpretar, y tanto por modificar, y tanto además por dar vueltas alrededor como el jumento en el lendel mientras no deja de estar sujeto a la noria.

A veces nos motiva a volver sobre el grande, el inmenso libro de Miguel de Cervantes tan sólo el placer de descubrir una idea nueva real o aparente, una palabra, un matiz que hubieran pasado desapercibidos en la lectura anterior, o volver a gozar con un capítulo, un párrafo o una frase que nos maravilló la primera vez y nos dejó el deseo de volver a gustar su redacción, su contenido, su perfume. En este sentido, recomiendo seguir el consejo del inolvidable maestro Azorín, a quien el también inolvidable Don Antonio Machado (tal vez el único poeta que se ha merecido el Don a pulso) describió espiritualmente en Campos de Castilla con las siguientes palabras: «¡Admirable Azorín! El reaccionario por asco de la greña jacobina...».

Pues bien, el «admirable reaccionario por asco de la greña jacobina» aconsejaba leer el gran libro de nuestro Siglo de Oro todos los años al menos una vez, con la seguridad de que en cada ocasión se había de descubrir una idea, una palabra, una frase hecha, un análisis, una percepción, una interpretación, un nuevo principio, un matiz o una simple sílaba, que contribuirían a incrementar cuantitativa y cualitativamente nuestro quizás inagotable depósito de conocimientos y emociones sobre la historia que escribió para ejemplaridad y deleite de los españoles el Rey de los Escritores (quien por cierto no hubiera comprendido que se le pudiera valorar de otra manera). Según mi experiencia personal, el joven caballero de la pechera inmaculada que fue Azorín tenía razón, y cada lectura del libro del «soldado que nos enseñó a hablar» (en palabras de otra Musa, María Teresa León) es siempre, a mi modesto entender, enriquecedora y sugerente. De esta forma, el lector del Quijote se pondrá al nivel del Emperador Augusto, para quien la mayor satisfacción era acabar cada día habiendo aprendido algo nuevo.

Otras veces, el estímulo que nos motiva a releer y repensar el sublime libro es una secreta y quizá no confesada pero real conciencia de nuestra obligación moral de corresponder a tantos espacios de belleza y emoción como debemos (o deberíamos deber) a Cervantes y a sus adjuntos con algunos minutos (u horas o días) de aportación personal a la biografía, prosopografía o etopeya de nuestro héroe; de su sosias, Cide Hamete Benengeli, o de Alonso Quijano, Sancho Panza, Dulcinea, el Caballero del Verde Gabán, o el cura o el barbero, o de cualquier otro personaje de ese largo etcétera que constituye la interminable y sagaz teoría de personajes cervantinos, aunque nuestra aportación a su segunda vida (en el sentido de Jorge Manrique) no pueda pasar de ser más que una percepción infinitesimal, cualitativamente despreciable, que añadir a la fama, prestigio, precedencia y honores de tan ilustres, invenc...

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